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El objetivo de este escrito es explorar las posibilidades discursivas desde el punto de vista semiótico en el relativamente nuevo medio cibernético. Éste, al igual que cualquier ambiente naciente, tiene un impacto impresionante, más aún, marca un paso de nivel paradigmático: de la así llamada sociedad moderna, la del libro impreso, hacia la posmoderna, cuando la información se vuelve cuantiosa y exuberante. Relacionado directamente con la última, el entorno computacional se considera mucho más democrático que los demás anteriores. La idea, tan repetida en varias situaciones, se hace patente en dos sentidos. Primero, desde el punto de vista de la accesibilidad a la información. Segundo, por su carácter semiótico incluyente; me refiero a las herramientas auditivas, visuales, verbales, etc., fusionadas todas en el cerebro artificial del CPU y  plasmadas en la pantalla del monitor. Contemplando la historia. Es precisamente la época del libro impreso la que determinó el interés y el surgimiento de la teoría de signo. Claro está que no lo fue de manera obvia y sencillamente perceptible por todos. Antes que nada, la ciencia se integró ampliamente a la vida moderna. Se hizo evidente su desarrollo y difusión, y es de importancia subrayar que en ambos procesos la imprenta jugó un papel muy notorio: ahora es imposible imaginar la ciencia, como un acontecimiento intelectual, sin el libro.

La teoría, a su vez, no se produjo sino como un discurso específico que tiene varios rasgos distintivos. Los más significativos y evidentes se atribuyen a su carácter escrito. Realmente no existen doctrinas científicas en el ambiente oral: la teoría tiene que ser fijada y conservada mediante la escritura para que pueda formar parte de la ciencia. Su vida posterior puede realizarse en exposiciones habladas, grabadas, etc. Por otro lado, estos textos deben cumplir varios requisitos de tipo genérico, muy conocidos por todos los investigadores para enlistarlos de nuevo. Así, el potencial del libro impreso, como una herramienta tecnológica, contribuyó de manera imperiosa a la creación intelectual, permitió la existencia de muchas disciplinas y, entre ellas, la de la semiótica que nos interesa en este momento.

El siglo veinte, a su vez, fácilmente se asocia con el auge de la palabra, multiplicada por la imprenta. Pero la palabra impresa no es sino una palabra escrita. Entonces, prácticamente todas las actividades empezaron a relacionarse -directa o indirectamente- con la escritura3. Ésta dio validez a los hechos; la oralidad perdió su monopolio y, a pesar de las altas tecnologías de la reproducción de voz, el habla otra vez se quedó en cierto sentido discriminado: “La escritura reconstituyó la palabra hablada […] en el espacio visual y la impresión la incrustó más categóricamente en el espacio” Con el crecimiento de las obras publicadas avanzan los estudios sobre el lenguaje en general. El rigor científico, en primer lugar logrado por los formalistas y estructuralistas, las fortaleció, pero al mismo tiempo circunscribió y, en cierto sentido, limitó las materias cercanas bajo su influencia. De esta manera, la semiótica se “convirtió” en la semiología, una ciencia meramente lingüística. Es más apropiado utilizar este segundo término pues, gracias a su etimología, describe mejor la esencia misma de la teoría de los signos, reduciéndola únicamente al signo verbal. Paolo Fabbri tenía toda la razón al afirmar que: subrepticiamente, después de haber proclamado la importancia teórica de lo no lingüístico, el texto ha vuelto a ser el modelo de todos los funcionamientos semióticos, tanto si es un texto literario […] como un texto de los medios de comunicación de masas. Se ha vuelto así a una reflexión de tipo lingüístico

Todavía muchos semiólogos utilizan ambos términos (la semiótica y la semiología) indistintamente. A pesar de que analizan objetos de varias semiosis, sus estudios se basan típicamente en métodos y estructuras determinadas y desarrolladas por los lingüistas. (Este trabajo no tiene la intención de analizar las diferentes posturas, cuestionarlas o refutarlas. Pero es importante mencionar este dato terminológico,  porque la idea esencial aquí se relaciona con un enfoque multi- o, más bien, inter-disciplinario en la teoría de signos y no con una perspectiva tradicional.) La época digital (postmoderna) ofrece las nuevas posibilidades no sólo en la práctica, también propicia una reflexión en el terreno conceptual. “Las tecnologías, dice Ong, no son sólo recursos externos, sino también transformaciones interiores de la conciencia, y mucho más cuando afectan la palabra”. Asimismo, la noción de la escritura, elaborada en los círculos científicos, tiene que adaptarse a la realidad actual (al llamado postmodernismo) y estudiarse desde una perspectiva diferente a la del papel y la tipografía6. Con esto, el signo verbal adquiere los significados distintos. Por otro lado, observando el  escenario cibernético no es difícil notar que ahí los tradicionales principios de comunicación y transmisión de códigos se alteran cada vez más. Los cambios se refieren en primer lugar al formato discursivo; éste tiene sus características propias que se deben a la tecnología computacional. El nuevo tipo se puede denominar el discurso virtual (por el espacio donde se elabora) o electrónico (por el medio tecnológico que lo propicia); lo mismo se refiere al concepto de escritura. Lógicamente si se trata de la noción de signo en el hábitat computacional, se le designaría de manera semejante: el signo virtual o electrónico.

Es preciso recordar aquí la concepción de hipertexto que es clave para la semiótica contemporánea. Éste no necesariamente puede ser atribuido al medio cibernético: también manifiesta sus rasgos distintivos en el espacio del libro (impreso y, por lo tanto, lineal). Más aún, la hipertextualidad es propia para las operaciones de la mente humana donde todos los datos y el conocimiento se encuentran organizados “caóticamente” o “desorganizados” en orden.

El hipertexto tiene ciertas características generales que lo convierten en un fenómeno en sui generis. Desde el punto de vista de cuantía, presenta enormes cantidades de información con todas las modalidades sígnicas. Desde el enfoque organizacional, no se construye linealmente, tampoco a partir de los centros hacia la periferia, a la manera del discurso científico. Tercero, su estructura es  multiestabilizada  (Klinkenberg) por las relaciones exigidas no tanto por la lógica (una propiedad bastante restringida por el verbo escrito) como por las asociaciones miméticas (el nivel consciente o subliminal). Las relaciones sígnicas forman una especie de red multidimensional (algo semejante a las redes de pesca existentes unidas entre sí) con una diferencia: la red virtual permite la integración de todo elemento nuevo en cualquiera de sus partes sin que el sistema hipertextual se rompa, sino que sólo aumenta (equivalente a mejorar) su potencial informativo.  Finalmente desde la perspectiva operacional (la creación versus la interpretación), el hipertexto se caracteriza por un cambio esencial de los papeles entre el autor (como un agente activo) y el lector (como un agente pasivo) en lo que se refiere a la producción discursiva. Desde el punto de vista de la teoría de signo, el carácter innovador de la escritura electrónica se descubre en la heterogeneidad semiótica, en primer lugar con todos los acontecimientos empírico-reflexivos. El cerebro computacional, en cierto sentido semejante al cerebro humano, contiene y “opera” con datos de distinta índole; en la pantalla del monitor se plasma la información visual, lingüística y auditiva7. No es nada  desconocido en los demás medios, sin embargo, existe algo que hace la pantalla o, más preciso, la página virtual8, diferente a la página del libro.

El medio, el material y la técnica de ejecución conduce a las transformación del texto verbal. Su escritura depende de los límites físicos de la pantalla (un texto extenso es adecuado para las páginas de papel), el contenido, de esta manera, adquiere un formato fragmentado (aquí es esencial y sugestivo para los estudios lingüístico-discursivos el papel de párrafos en el desarrollo de ideas escritas), los fragmentos, a su vez, pueden pertenecer a varios tipos estilísticos (algo semejante al collage). Asimismo, los elementos de  diseño (colores, formas de letra, subrayados, cursivas, etc.) empiezan a adquirir una importancia evidente; aquí no se trata únicamente del valor estético del texto, también de su comprensión auxiliada, reitero, por la calidad de la presentación.

La página electrónica se percibe y se explora de manera diferente que la página del libro. En el segundo caso, la homogeneidad tipográfica visual está prescrita por los estatutos de la imprenta, elaborados durante varios siglos (la letra negra sobre el fondo blanco de papel). Las normas de publicación se dictan por las “exigencias” del discurso verbal, aunque se encuentran de vez en cuando dibujos o fotos que ilustran lo dicho en el texto impreso. En el caso de la página electrónica, la homogeneidad visual, en contraste, se convierte en monotonía, hastío y cansancio sensorial, pues el medio computacional tiene características y usos (la lecto-escritura) diferentes comparados con el medio libresco. Así, se hace evidente que presenciamos un movimiento de la expresión lingüística pura hacia una expresión polisemiótica, donde lo verbal y lo visual (al igual que lo auditivo) se conjugan de manera distinta: sin la necesidad de separar y formar campos semióticos independientes ni –algunos- prioritarios. Si en los años 60-70, el famoso semiólogo Roland Barthes, junto con la mayoría de los especialistas, todavía  afirmaba: ” Sin duda, los objetos, las imágenes y los comportamientos pueden significar, y lo hacen abundantemente; pero nunca de una manera autónoma; todo sistema semiológico está mezclado con lenguaje. […] parece cada vez más difícil concebir un sistema de imágenes o de objetos cuyos significados puedan existir fuera del lenguaje […]: el mundo de los significados no es otro que el del lenguaje (Barthes, 2002:20).

En los años 90, el timón teorizante giró hacia otro extremo: “Lo visual ha subyugado a las antiguas elites de lo escrito, tradicionalmente iconófobas” (Debray, 2000:271). La disyunción entre los profesionales y su exageración referente a su propio campo de trabajo es obvia. Sin embargo, a pesar de estas oposiciones, tal vez justas para medios disociados históricamente, existen ambientes idóneos para la unión y fusión de los elementos de distinta semiosis sin subordinarlos unos a otros. Se trata del espacio cibernético y, en particular, de las páginas virtuales. Y aquí tiene toda las razón el citado Debray quien habla de las amalgamas profesionales: “la báscula registra los mejores resultados entre los profesionales de las palabras, los más alejados, por oficio y tradición, de los valores de exposición” (ibid.). Efectivamente, los discursos electrónicos 9 más pertinentes se crean por aquellos  especialistas del oficio verbal quienes reconocen la trascendencia del aspecto visual (y auditivo) en sus páginas y viceversa: los expertos en las artes visuales logran sus objetivos en el medio computacional si se aprovechan del verbo en su industria estética.

En el ciberespacio, se descubre sencilla y rápidamente la exigencia de una estrecha relación entre los componentes verbales, visuales y auditivos. El sólo imaginar10 las páginas electrónicas compuestas  exclusivamente por los signos verbales o, al contrario, por los signos visuales o auditivos conduce a la pregunta: ¿qué sentido tiene leer y mirar la pantalla como si fuera el manuscrito o el lienzo o escuchar la computadora como si fuera la radio o grabadora? En cambio, una página virtual que presenta, de modo proporcional y armónico, diferentes recursos semióticos corresponde plenamente a un medio nuevo, integrador por su potencial originario: la pantalla está formada por el sonido (de cualquier índole), la palabra escrita y el dibujo (estático o en movimiento) que, complementando unos a otros, representan el discurso electrónico.

Una libre navegación por Internet permite percibir de inmediato que el espacio vi rtual tiene características muy disímiles, por ejemplo, a las del libro impreso, un medio de gran tradición y aún muy importante en la vida actual. Esta diferencia implica que el medio cibernético debe ser explotado y explorado desde conceptos y modelos nuevos. Las reflexiones y revisiones teóricas pueden tener una aplicación inmediata en el campo educativo. Así, la educación tradicional (moderna) basada prioritaria y preferentemente en el libro tiene que adecuarse al ambiente computacional, ajustando los métodos pedagógicos y la didáctica de enseñanza a un instrumento nuevo; así como lo fue en la época anterior con el pizarrón, gis y los libros de texto impresos. Por otro lado, investigar los principios y las formas educativas nuevas (postmodernas) que pueden adecuarse a la herramienta tecnológica avanzada.

Indiscutiblemente será difícil progresar en este terreno sin un conocimiento amplio y general de esta herramienta. Sin embargo, es insuficiente el saber teórico, también es fundamental adaptarlo a los fines de la enseñanza-aprendizaje. Para la realización de estas tareas, en un instante, el mismo educador tiene que convertirse en el estudiante, porque: […} la reforma educativa no consiste sólo en mayor escolarización o en introducir Internet en las escuelas. Pasa, sobre todo, por la formación de los formadores, tanto en método pedagógico como en conocimientos especializados y en familiaridad con las nuevas herramientas tecnológicas (Castells, 2003:35).

En nuestro caso concreto, la consideración (teórica) de observar la computadora como un dispositivo de uso polisemiótico implica una orientación pluridisciplinar, tanto del profesor como del alumno. A grandes rasgos, en estas condiciones, la enseñanza de escribir (redactar) tiene que transformarse debido al mismo material e instrumento de estudio– e incluir la cultura (mínima, por lo menos) y un entrenamiento en diseño y en la iniciación auditivo -musical. De la misma manera, si se trata del aprendizaje de las ciencias exactas, el profesor tiene que crear un discurso electrónico propio aplicando las extensiones (polisemióticos y operacionales) de la computadora para presentar la información necesaria desde su disciplina.

Concluyendo, es importante enfatizar que tanto los expertos en cualquier área de conocimiento como los especialistas en transmitir este conocimiento son creadores (y usuarios a la vez) de los discursos virtuales. En definitiva pueden hacer muchos hallazgos significativos a nivel teórico y aprovechar estos descubrimientos aplicando a su campo de interés: las virtuales actividades discursivas están todavía en un proceso de investigaciones y búsquedas.

Extraido y comentado de  las reflecciones de Tatiana Sorókina.